Miedo, abandono, impotencia,
rechazo, confusión, desesperanza; siete heridas capitales. Lujuria, gula, avaricia, pereza,
ira, envidia, soberbia; siete pecados capitales.
El número siete como símbolo del culmen o la cumbre; desde la más remota antigüedad, encierra y se le considera enigmático y cabalístico. Según Pitágoras era “el número
perfecto”, Alighieri lo usaba en sus obras y la Biblia lo menciona no menos de
735 veces. En este orden de importancia quiero especular situando las heridas
emocionales en una agrupación capital de siete, no tanto porque sean las
únicas, sino porque de ellas o a partir de las mismas se pueden generar muchas
más, siendo además y muy probablemente las de mayor impacto en nuestra existencia.
Entendamos por heridas
emocionales, las secuelas que dejan en nuestro ser interior, todas aquellas experiencias dolorosas por las
que pasamos en la vida, muchas de ellas muy a pesar nuestro.
Aquellos golpes, rasponazos y fracturas,
del tejido emocional, que somos, objeto o sujeto; se anidan en lo
más profundo de nuestra propia
interioridad, allá en el subconsciente e inconsciente, allá en tu interior o
como sea que se llame; parodiando un término de la era digital, allá en lo más
remoto del disco duro de la arquitectura humana.
Pero lo complejo e indescriptible
del asunto, son todas las consecuencias que se generan como causa efecto de
tales heridas, máxime cuando las mismas son tan capitales que llevan a generar
crisis leves o profundas y hasta con, consecuencias desastrosas que dejan mucho que lamentar.
La negación o falta de
reconocimiento de cada una de las heridas emocionales, siempre se escuda tras
una mentira o disculpa, disculpa que se hace recriminación, acusación a las
circunstancias y a los demás y auto incriminación con juicios perversos, generando así más víctimas en un espiral
interminable que es lo que viene generando las grandes crisis que se viven en
la ecología humana.
La mentira es simplemente una
estrategia de comunicación ocultadora y alteradora de lo real y en un alto
grado de corrupción, siempre tiene su raíz en la negación que se tiene de sí
mismo razón por la cual moralmente se le cataloga como pecado.
Estamos inmersos en una cultura en la que el concepto de pecado
se ha visto envuelto en discusiones legalistas sobre el bien y el mal. Cuando
se formula el interrogante, ”¿Qué es el pecado?”, de manera mecánica
se asocia con la violación a los diez
Mandamientos, pensamos en el asesinato, el adulterio, el robo, como pecados “mayores” comparados con mentir, maldecir, la idolatría, la difamación
o la corrupción.
La verdad es que el pecado en la
gran mayoría de religiones, se define o,
significa como “perder el sendero”.
El camino, en este caso, es el estándar de perfección establecido por
Dios y evidenciado por Jesús. Bajo esa luz, queda claro que todos nosotros
somos pecadores. Con razón el Apóstol Pablo denuncia en Romanos 3:23: “Pues todos han pecado y están privados de
la gloria de Dios”.
Si se tratara de hacer enunciado de las acciones o maneras de incurrir
en pecado, el listado sería tan incontable como las arenas del desierto, por lo
que, al igual que las heridas emocionales, resulte del todo atinado clasificar un
todo en siete pecados capitales, como siete raíces de un frondoso árbol de las
cuales subyacen muchas más.
Posiblemente el cuestionamiento sea; ¿pero que tienen que ver las heridas
emocionales con el pecado? El interrogante se resuelve de manera muy simple
ante el hecho que las heridas emocionales, nos debilitan anímica o
existencialmente, colocándonos al borde del
precipicio al hacernos perder el sendero y errar ante el camino y aun más por
las heridas emergen de nuestro interior, convicciones, actitudes y hechos
contrarios al ordenamiento natural y Divino propios de toda existencia. Y viceversa podemos hacer otra aseveración, puesto en la mayoría de los
casos las heridas emocionales son realizadas por el pecado de los otros a lo largo de nuestra historia, mas grave aún entre más se le da cabida al pecado más herida emocional hay, se hace más profunda y se convierte en "nuestra personalidad"
Tomemos a modo de ejemplo la herida de
abandono. La misma nos hace sentir inadecuados, inoportunos, desacertados, errados, indignos de ser amados
e incapaces de amar, en esta condición damos grandes pasos a no creer y
rechazar primero el amor de Dios y,
obviamente a demeritar y hasta rechazar las manifestaciones de afecto y amor
que nos brindan los demás. Esto de manera específica es incompatible con el gran mandamiento del
amor que nos enruta por el sendero de vivir en armonía, ya que sin amor
poseemos toda la capacidad para ser injustos, insensibles y detractores de
nuestros semejantes haciendo que caigamos en actitud de pecado. Por ejemplo
tengamos como producto la violencia y agresión, ese sentimiento de enfado muy
grande y violento generador de más violencia.
Y cuanto dolor, sufrimiento y miseria está dejando la violencia en el mundo,
cuyos victimarios sin duda son todos aquellos heridos por el abandono.
La lujuria que se manifiesta por
esos deseos desordenados e incontrolables y no solamente en el campo sexual que
nos inducen a satisfacciones exacerbadas que ponen de manifiesto el hecho de, mezclar, fundir o refundir cosas diversas, perturbar
los ánimos, equivocar, errar frecuentemente, con una confusión mental o disminución de la
actividad bien ejecutada. Lo cual es producto o manifestación de la herida
emocional que se cataloga como confusión o desorden interior causada por una no
configuración del papel maternal o paternal de nuestros progenitores en
nosotros.
Afortunadamente para una
excelente calidad de vida, tanto las
heridas emocionales como los pecados tienen curación y sanación con solución y
absolución, situándonos así en el
sendero de la autentica felicidad por la armonía de nuestro ser integral.
“Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su
pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito”. Sal. 31. 1-2.
Queda claro entonces que no estamos condenados a una cruel desgracia,
ni nuestra vida esta encadenada, ni ligada a cadenas generacionales para tener
que vivir en estado de condena perpetua.
Todo en la vida está condicionado
en armonía perfecta para propiciar al ser humano un estado de paz que genera la
alegría y el gozo, así como la capacidad
para afrontar y superar todo suceso adverso.
Pero ¿cómo lograrlo? Se suele
decir y de cierto que es una realidad, que el mejor antiséptico es el sol
o dicho de otra manera la energía y la
radiación solar, la cual por su
luz, calor y fuerza vital es capaz de
aniquilar numerosos agentes infecciosos,
de tal manera que muchas heridas físicas suelen sanarse o cuando menor
responder de manera más positiva al proceso curativo. Pues bien así mismo,
tanto las heridas emocionales como los pecados capitales, entran en franco
proceso curativo cuando tanto heridas como pecados son expuestos a la luz, ante
todo divina como también al conocimiento humano.
Muchas heridas emocionales sanan
desde el perdón. Para perdonar se necesita la actitud y la aceptación. En el
momento que se decida hacer del perdón el camino para sanar y liberar ya se ha
caminado un gran trecho. El día en que deje de justificar mis heridas y mi
pecado en la necedad o el capricho de “así soy yo” ese día tu vida inicia un
cambio. Pero necesitas más. Necesitas de alguien que te indique el camino y al
camino. Tu vida tiene explicaciones pero no justificaciones por seguir
sufriendo y enlodado en la tragedia. Déjate ayudar y sanar. Entre menos lo hagas, las heridas se llenan más de pus y te vuelves más amargado y negativo, el pecado más hace su nido en tu interior y te va deteriorando el suave olor al aroma del Amor.
Déjate sanar desde lo que un
amigo, un confidente, un sacerdote, un pastor, un terapeuta lo puedan hacer.
Déjate sanar desde el amor.
“Pero, en cambio, para ustedes
que respetan mi Nombre, brillará el sol de justicia, que traerá en sus rayos la
salud; ustedes saldrán saltando como terneros cebados.” (Mal. 3, 20)
“Ya que a ti te llamaban La
Abandonada, nuestra presa, de quien nadie se preocupa, yo voy a devolver el
vigor a tu cuerpo y voy a sanar tus heridas, dice Yavé”. ( Jer. 30. 17)
Jesús les dirigió una vez más la
palabra, diciendo: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en
tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida». (Jn. 8,12)
La garantía de la salud, la
sanación y la liberación tanto de las heridas emocionales como de las
inclinaciones al pecado, están dadas por tanto es nuestro deber ser, en cuanto estemos dispuestos a mejorar la
calidad de vida, el apropiarnos de tales promesas y para ello, además de
nuestra propia convicción y confianza, en El que todo lo puede y quiere; hace falta la asertiva ayuda y el eficaz
acompañamiento del entrenador quien como factor humano, nos acompañe, oriente,
escuche y muestre el sendero acertado para lograr: la superación, liberación y
sanación de las limitantes que han impedido que tengamos una autentica y
satisfactoria realización humana y espiritual.
Tarea de la semana:
1. ¿qué has hecho últimamente por sanar tus heridas emocionales?
2. ¿Estás decidido a dejarte sanar por el amor, cómo quieres que suceda?
3. ¿Te pondrás en la tarea de buscar ayuda y dejarte encontrar por el amor?
Tarea de la semana:
1. ¿qué has hecho últimamente por sanar tus heridas emocionales?
2. ¿Estás decidido a dejarte sanar por el amor, cómo quieres que suceda?
3. ¿Te pondrás en la tarea de buscar ayuda y dejarte encontrar por el amor?



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