La vida exige constantemente dejar ir, permitir que lo que ha pasado en
nuestra vida y que cargamos como supuestos tesoros o tragedias se vayan yendo. Ser acumuladores
de recuerdos por buenos o malos que sean hacen que el paso de la vida se vaya
haciendo más lento y la vida se torne pesada.
Hay que dejar ir como se amó y a los que se amó. Intentar que las otras personas
nos amen como nos amaban ayer es la experiencia más esclavizante tanto para el
que ama como para el amado. Pedir que
nos amen como ayer es no creer en el cambio, es pretender que la persona no
haya crecido. Obligar a alguien a que nos ame como nos amó ayer es cargarlo con
nuestro miedo a crecer. Pedirle a alguien que no cambie porque a mí me resulta
genial esa forma de ser es insultar su proceso de ser mejor cada día. Obligarnos
a amar como amábamos ayer, a sentir lo que sentíamos es el fracaso de crecer como persona, es
perder la novedad del amor, es quedarse con el amor atado al placer, al pasarla
bien, al amor acomodaticio.
Dejar ir es ser aventurero, es ser peregrino en el interior y en el
exterior. Es soltar amarras, es remar mar adentro, es atreverse.
Cargar con sentimientos hacia algo o hacia alguien que ya se fue y aunque
fueron hermosos o dañinos ¡ve tu a saber! Siempre es evitar que lo que puede llegar
a ser en nuestras vidas no se de.
Dejar ir es perdonar, el perdón es la mejor forma de dejar ir. Dejar ir y
perdonar es darse a sí mismo y a los demás una oportunidad. Dejar ir es perdonar para volver a iniciar.
Perdonar es un regalo y como regalo se da no porque lo merezca esa persona o
uno mismo, sino que se da por eso mismo, porque no se lo merecen. Cuando
creemos que el perdón alguien se lo merece no entendemos la esencia del perdón.
Si creemos que el perdón es para aquellos que se lo merecen, empezamos a
creernos seres inmaculados y por algo Jesús dijo, el que no tenga pecado que
tire la primera piedra. El perdón no es un negocio. Si no damos el perdón
porque esas personas no se lo merecen entonces lo que queremos hacer es un
negocio. Porque el perdón como regalo no busca o espera recibir algo a cambio,
si lo es así; entonces lo que se está es pagando o buscando algo para beneficio mezquino.
Dejar ir personas, momentos, encuentros, desencuentros, tristezas, alegrías
y soledades. Dejar ir es no perder la
mirada en la línea del horizonte. El que no deja ir no puede soñar. Hay que
dejar ir incluso todo lo que se ha aprendido a lo largo de la vida para aprender lo nuevo, dejar ir es desaprender. Dejar ir es asumir la experiencia como parte importante de crecer y no como lastre que impide nuevos escenarios. Para los que se aferran a la misma idea que
tienen de Dios y que aprendieron en una catequesis siendo niños, hoy les quiero
invitar a dejarla ir porque quizá lo que se entendía de Dios era para ese
momento pero para hoy tal vez ya no sea tan válida, tengo para decir que si
no le preguntamos constantemente a Dios quién es ÉL, caemos en creer que
conocemos a Dios y Dios es mucho más de lo que se puede llegar a conocer. Si no se deja ir
la forma en que encasillamos a Dios terminamos empobreciendo nuestra vida.
Tarea de la semana.
¿Qué debes dejar ir?

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