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El abandono y la descalcés como herramientas para ser felices.




La mejor manera de asumir tu debilidad es: abandonarte.
El abandono es un don de Dios, este te hace  vivenciar al amado en cuanto lo que él es. Pero ¿cómo se puede vivir en el abandono?
Esta se puede vivir desde  la libertad y ésta  a su vez es la posibilidad que tenemos para ser nosotros mismos.
Entonces, libertad y abandono son como hermanos y aliados. Para el abandono la libertad es la principal compañera. No es que entregues tu libertad, antes por el contrario te apropias de ella.  Eres libertad puesta en movimiento. Hay que soltar las amarras que te tienen atado al puerto en el que has atracado tu barco por miedo a la aventura del amor infinito del eterno amante que te desafía a amarlo sin límite.
Al ejercitar tu libertad te reconoces tal cual eres. Para poder hacerlo necesitas de La descalces; sin descalces tu barco nunca despegará del puerto, siempre estará fijo y amarrado porque siempre habrá nudos que te mantendrán fijo al muelle.
Cuándo te descalces  tus nudos se desatan. No es que necesites saber que clases de nudos tienes, a veces en el preguntarte morbosamente  “por qué eres así”  no te lleva a ninguna parte. Todas las causas podrán ser ciertas y si las puedes conocer y  lograr entender pues bienvenidas sean; pero el saber  de dónde vienen  traumas y dolores, el conocer con ahínco por qué caes tan bajo, en ocasiones echándole la culpa a demás; (que tal vez sea totalmente verdadero), no logra soltarlos. En la mayoría de los casos sabrás cuáles son, pero no se soltarán por sí mismos.
Con la descalces te asumes en  lo que eres y tienes.  Lo que sientes y te pasa. Lo que anhelas y a lo que le tienes miedo, con tus angustias y fortalezas con tu debilidad y posibilidad. El abandono necesita de la descalces, la descalces hace real el abandono.
Al descalzarte te asumes tal cual eres. La descalces te ayuda a no permitir que los demás te hagan daño y  abusen. Descalzo  no entregas tu a amor a cualquier amor. El descalzo sabe que el único dueño de su amor es el amado eterno revelado.
         El descalzo puede amar libremente pues se ha encontrado libremente como es él. El descalzo no necesita recibir nada a cambio porque todo su ser lo  ha dado al amado cuando hace  encuentro consigo mismo. Al descalzarte puedes donar tu vida a los demás porque eres dueño de ella; así los demás al hacer encuentro contigo gozan de tu presencia pues disfrutan, no solamente de lo que eres; sino también de lo que transparentas la presencia de Dios.
         La descalces  es una invitación a la transparencia, a la honradez, a asumirte tal cual eres porque descubres que Dios te ama así como eres y no de otra forma.
         Entonces, el abandono se hace real cuando te despojas; cuando te descalzas del voluntarismo para hacer las cosas a tu acomodo y parecer.
El  abandono necesita de toda la razón y la lógica para captar tu riqueza humana y tu pobreza existencial, pero a la vez cuidarte de  tu propia razón para no caer en los argumentos falsos con cara de verdades que el demonio te presenta.
 El abandono se catapulta con la razón en cuanto que ésta te hace descalzar y asumirte como un ser  necesitados. Si no estás descalzo entras a girar en tus pensamientos (recuerda lo del rumiar pensamientos). La razón se te convierte en cuerda que te sujeta y no te deja salir del puerto (estrategia del demonio para no entrar al desierto)  La razón le da a tu vida la posibilidad de captar la profundidad del misterio que se nos quiere revelar ante nuestra realidad humana, luego le darás el paso a la fe pues sólo desde ella podrás sumergirte en la profundidad del misterio; del misterio del Absoluto.
El abandono en cuanto expresión profunda de la fe lleva a contemplar y admirar la  belleza, la  dulzura y el candor de la  existencia como misterio, al abandonarte  gozas de lo que eres.
         El abandono es hacer como si todo dependiera de ti sabiendo en realidad que todo depende de Dios.
En la vida el abandono es como si hicieras un viaje en el mar. Tan pronto sueltes las amarras empiezas a remar mar adentro. (Lc 5,4) Pero  inmediatamente casi al primer cuarto de milla entran los miedos, mirar el puerto que se ha dejado y las seguridades que  daban, mirar hacia delante y ver sólo firmamento ver  la línea; inmóvil, dura, recia del horizonte sin saber si habrá algo más hacen temblar hasta el más valiente.   Más frustrante aún cuando el ocaso de la vida ya está tan adelantado en los límites biológicos que se  dice el alma a sí misma: “Ya para qué, es demasiado tarde, soy viejo, soy vieja. No puedo. Moriré en  el intento”.
Los invito para que imagines por un momento que estas viajando en una embarcación, ese barco eres tú. Te invito a que tomes la pluma del escritor y seas el capitán que dirige el viaje. Eres el que escribe para todos los que estan viajando junto contigo. Todo es tuyo sin miedo y sin pena.
“Empiezo a deleitarme con la presencia de Dios, rompo todos los esquemas e imágenes que tenía de él. Me sumerjo en su rostro. Casi que con un beso apasionado quedo penetrado de su afabilidad. Todo es consuelo. Las heridas se sanan, hasta las cicatrices se borran. Miro a los lados y veo muchos más barcos que van conmigo hacia su puerto. El mirar al horizonte asustado y miedoso no me dejaba ver a mis otros compañeros de viaje. Es tan dulce su consuelo que se me olvida que voy navegando. Es tal la suerte  en sus brazos, que se que la mía es la suya propia, que es tan mía por ser la que él me regalo cuando me pensó para Sí hasta el día en que me pierda en su aliento al final del principio de mi vida con él, el día de mi muerte. El día que volveré a nacer en él.
Me abandono y se sentirme sujetado por su presencia, que me envuelve tan en él. Estoy tan en Él que ya  ni se quien respira si él o yo, o ¿somos los dos? Estoy  tan en él, que ya no me importa mi ser si no lo  es para amarlo. Soy tan en él que me hace gritar a las otras naves compañeras de viaje que mi amado va conmigo. Que  quiero que lo conozcan y se dejen amar por su amor. Que se deleiten de él  como lo hace conmigo. Que en la noche que acaba de pasar donde la tormenta arreciaba (Lc 8. 22,25) y las olas casi hundían mi pequeño barco; suyo más bien de él, yo sostenía mi timón confiado porque él dormía confiado en que yo sabía que pese a todo él estaba en mi barco.  Eso era lo más importante para mí, mi amado estaba en mi barco, estaba en mi así mi barco no sucumbiría; así mi barco no se perdería, porque es mi barco pero es más suyo que lo que yo entendía”
En el encuentro contigo es posible que descubras donde está el punto o los puntos de tu debilidad. El abandono es la principal actitud que tienes frente a ella. Pero el abandono no se hace de la noche a la mañana,  es quizá una de las tareas más complejas  pues las posibilidades quieren surgir a defenderte siempre y a decirte que no es necesario hacerlo. Te dicen insistentemente que tu mismo puedes resolver y salir adelante con todo.
También puede ser que hoy abandones en las manos de Dios lo que te sucede, pero  al otro día te apropies de ello nuevamente. Pones en marcha reiteradamente las cavilaciones y las preocupaciones. Llega el momento que una misma idea se convierte en  caballito de batalla durante todo el día al no encontrarle solución alguna. Las personas que tienes a tu alrededor son las que pagan tu desespero y rabia, las agredes y las culpas; la impotencia  hace que te sientas  incapaz e inútil; situación que  no se  acepta tan fácilmente, terminas acusando a todo el mundo especialmente a aquellos con los que estás conviviendo.
 El abandono en cuanto tarea es un proceso de discernimiento para descubrir en tu vida, cuál es  nuestra parte a realizar y cuál  es la de Dios.

Un joven en sus encuentros consigo mismo decía: -“Le digo a Dios, que me ayude hasta con la parte que me corresponde porque ni la mía propia soy capaz de llevar adelante. Siento que me aplasta y  domina.  Por eso “toma todo Señor hasta lo que creo mío propio.  Al rato después; empiezo sentir que puedo. Surgen en mi interior unas fuerzas y una claridad que me encaminan a enfrentar lo que hace un tiempo me  hundía en el sinsentido”.

Tarea de la semana.

  1. ¿estás dispuesto a abandonarte en Dios cómo lo harías?
  2. ¿cuál es el puerto al que estás sujetado?
  3. ¿cuál es el puerto al que quieres llegar?

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